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No es infrecuente
en el panorama de la plástica asturiana la aparición de artistas, con
más frecuencia mujeres que hombres, que afloran a la superficie –que se
hacen visibles según recientes expresiones- cuando ya han alcanzado una
cierta madurez vital. Una de ellas es, no cabe duda, Encarnación
Domingo, quien además, creo haberlo escrito en otras ocasiones, ha
sabido evolucionar desde postulados bastante apegados a la tradición
hasta desembocar en técnicas expresivas y conceptos de una relativa
modernidad. Parece algo sencillo y hasta natural, pero deja de serlo en
el momento en que echamos una mirada, bien que somera, a su currículo y
nos damos cuenta de su interés por asimilar, tanto en talleres prácticos
como en otros de enfoque más teórico, la esencia del arte.
Ramón Rodríguez
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